Tradiciones y Rituales - La Kehile

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JUDAÍSMO

"Israel es mi hijo, mi primogénito."
Exodo 4:22


El ciclo de vida judía se halla marcado por eventos cuya importancia reside en su significado intrínsecamente vinculado a la tradición religiosa y a la existencia comunitaria.

Los ritos de las ceremonias realizadas para distinguir los episodios del ciclo de vida, reflejan muchos de los aspectos centrales del judaísmo: la relación pactada entre el pueblo de Israel y el Creador; las posiciones comunitarias que la persona asume a lo largo de su vida, determinan su responsabilidad individual y su identidad; la relación con generaciones pasadas, futuras y con su comunidad; y, el poder de la liturgia y el ritual para santificar los periodos de transición, de transformación.

Estas ceremonias tienen como uno de sus objetivos primordiales el trasladar un episodio de la esfera de lo individual al ámbito de lo colectivo, donde adquiere mayor trascendencia y significado.

Bendiciones, santificación del vino, purificación y transformación simbólicas a través del agua (netilat yadaim, mikve, etc.), tzdaká y reconocimiento público del nuevo estatus, son algunos de los elementos presentes en los rituales que nos sirven de guía para obtener una perspectiva más profunda de lo ordinario, santificándolo. Por ello, las ceremonias del ciclo de vida nos ayudan a dar un sentido más trascendente a los cambios naturales de la vida, nos permiten santificar y agradecer el inicio de cada ciclo y su final.

Cada uno de estos eventos, nos permiten alejar nuestra concentración de nosotros mismos y de nuestra familia, para reconcentrarnos en nuestra conexión con D-os, con nuestro pueblo, con su historia y tradiciones. Nos vinculan con las presencias invisibles de quienes nos antecedieron e incluso de quienes nos sucederán. Nos conectan con las creencias que consideramos perdurables y profundas; fomentan nuestra identidad individual y familiar, pero sobre todo nuestra pertenencia a un grupo: nos vinculan al pasado judío y nos comprometen con el futuro, con la continuidad del pueblo de Israel.

"Quiero que mis hijos tengan todas las cosas que no yo no podía pagar. Después quiero mudarme con ellos."
Phyllis Diller

El comienzo de una vida judía.

La importancia de la primera ceremonia religiosa en la vida de un judio, no reside en que a través de ella se determine su cualidad como judío, sino que celebra la trascendencia de su nacimiento para la continuidad del pueblo de Israel. En las ceremonias del Brit Milá y el Zeved Habat, los bebés reciben sus nombres, su historia: genealogía, raíces, bagaje, y con ello, un propósito: ser un eslabón más en esa cadena generacional, dar continuidad a su estirpe, a su pueblo. Las leyes ancestrales dictaban la realización de sacrificios de agradecimiento tras el nacimiento de un hijo, cualquiera que fuera su sexo, a los 40 días para los niños, y a los 80 para las niñas; el Talmud registra la costumbre de plantar un árbol de cedro tras el nacimiento de un varón y un ciprés si era niña (Gittin 57a). El ritual central para dar la bienvenida a los varones al pueblo judío y su pacto con D-os es el Brit Milá, ritual tan antiguo como el judaísmo en sí mismo.

Una alianza ancestral.

«Esta es mi alianza que habéis de guardar entre Yo y vosotros, también tu posteridad: Todos vuestros varones serán circuncidados y eso será la señal de la alianza entre yo y vosotros. A los ocho días será circuncidado entre vosotros todo varón, de generación en generación. De modo que mi alianza esté en vuestra carne como alianza eterna» (Génesis, 17:10-14).

Durante siglos, el pueblo judío ha cumplido este precepto: la realización del Brit Milá, cuya primera palabra significa pacto, alianza; la segunda, es circuncisión. Así, la ceremonia del Brit identifica al niño judío como miembro de la alianza con D-os en virtud de su nacimiento como judío dentro de un hogar del pueblo de Israel. Resulta particularmente interesante que el ritual del Brit involucre específicamente al órgano reproductor masculino, lo cual, por supuesto, no es coincidencia.

Un midrash cuestiona cómo supo Abraham que debía ser “removida” esa piel –y no otra–, pues el texto hebreo se refiere a ella como orlatejem, del término orlá, que fue traducido como “prepucio” debido al contexto del relato, sin embargo, la Torá emplea esta misma palabra para referirse al corazón (Deuteronomio 10:16), los oídos (Jeremías 6:10) y a los frutos de un árbol de tres años de edad (Levítico 19:23); por ello, el significado más cercano para el término orlá sería “cubierta”. De acuerdo con el midrash, Abraham supo cuál era la orlá a ser circuncidada, en virtud de la promesa de la alianza con sus futuras generaciones, fruto de su simiente. Para Maimónides, una de las razones de que el signo de la alianza se realice en el órgano reproductor masculino consiste en prevenir que quienes no creen en la unicidad de D-os, declaren ser miembros del pacto por intereses personales. La circuncisión, por elección a una edad adulta, puede ser tan dolorosa y desagradable, que nadie la realizaría de no ser por un sincero deseo de pertenecer a la fe judía.

De acuerdo con los sabios, el Brit Milá es una señal tanto para D-os como para el individuo, de la pertenencia de los miembros del pueblo judío al Pacto. Técnicamente, no se requiere la ceremonia del Brit para hacer al niño judío –sólo en caso de que la madre no lo sea–; al nacer en un hogar judío, el niño, quiera o no, nace dentro de la Alianza con D-os, la cual conlleva dolor y sacrificio, pero también honor y santidad. Este niño se convertirá en adulto, en el tipo de persona que él decida, pero nunca podrá ignorar su identidad judía, la cual, igual que sus rasgos físicos, su fecha y lugar de nacimiento, será siempre uno de los hechos de su vida, es parte de lo que es, lo cual quedó marcado en su cuerpo a los ocho días de su nacimiento.

Existe un midrash donde se narra que el gobernador romano en Eretz Israel, Turnus Rufus, preguntó a Rabi Akiva por qué si a D-os no le agrada un hombre con prepucio, no lo creo sin él desde el principio. Rabi Akiva le respondió que D-os creó el mundo incompleto para que el ser humano pudiera ayudar a perfeccionarlo. Los sabios afirman que la imperfección del mundo incluye a las personas. Ser un socio “pactado” con D-os, significa que estamos dispuestos a ayudar a su perfeccionamiento a través de nuestra propia transformación: «La semilla de la mostaza debe ser endulzada, el altramuz debe ser suavizado, el trigo debe ser molido, y el ser humano debe ser perfeccionado» (Tanjuma, Breishit 7f, 10a).

El mundo no es perfecto, es perfectible; no nacemos santos, pero podemos santificar nuestro modo de vida. En Génesis se establece que Itzjak fue circuncidado al octavo día de su nacimiento, por lo tanto, así debe ser con todos los descendientes de Abraham –siempre y cuando el niño esté sano– aún cuando ese día sea Shabat o coincida con Yom Kipur.

Los sabios explican que tras siete días, el niño ha vivido a través del acto de la creación del mundo en el cual participará. En el octavo día, el niño, una vez con la señal de la Alianza, deja de ser una parte pasiva de la naturaleza, convirtiéndose en un agente humano activamente comprometido con el desarrollo de un universo guiado por los preceptos divinos. Al octavo día de vida, el niño obtiene un nuevo estatus a través del Pacto, se convierte en co-creador de D-os. La señal de la Alianza marca su responsabilidad como socio de D-os para ayudar a la transformación del mundo bello, pero imperfecto, que el Todopoderoso creó en esos siete días. Este es un concepto muy significativo del judaísmo: el mundo fue creado incompleto, requiere ser mejorado. Igualmente, los padres del bebé, sus guardianes, deben nutrir esa vida sagrada a fin de que su potencial pueda hacerse realidad, deben ayudarlo a perfeccionarse.

El ritual de la circuncisión supone la remoción de un apéndice del cuerpo cuyo único propósito es ese: su remoción como símbolo de total obediencia a la voluntad de D-os, y la transmisión de esta lealtad de generación en generación. Sin estar motivado por las razones, el pueblo judío ha circuncidado a sus hijos varones como el signo más distintivo de su lealtad al Creador y si bien en la antigüedad la circuncisión era común entre diferentes pueblos, su práctica dentro del judaísmo le confirió ese significado específico de la Alianza entre el Todopoderoso y el pueblo de Israel. Significado tan trascendental que a lo largo de los siglos, los judíos han sufrido humillación y peligro para cumplir con el precepto. Celebrando el Pacto De acuerdo con el Talmud, el ritual del Brit Milá consiste de tres segmentos separados:

1. Milá, la remoción física del prepucio; 2. Periá, el desprendimiento y plegado de la membrana; y Metzizá, la succión de la sangre de la herida. Este último paso no es asignado por el Talmud como parte del rito en sí, sino como una medida higiénica. Durante la ceremonia, algunas personas designadas por los padres del bebé son honradas con el papel de presentar al niño. La kvaterin –madrina– hace entrega del niño al kvater –padrino–, quien lo sitúa en las rodillas del sandek, quien tiene la función de sostener al niño mientras el mohel practica la circuncisión. Entre las bendiciones que se pronuncian durante la ceremonia, el mohel recita una beraja afirmando que este acto representa el cumplimiento de una mitzva: «Bendito eres Tú, Señor, nuestro D-os, Rey del universo, que nos santificaste con Tus preceptos y nos prescribiste cumplir con el precepto de la circuncisión». El padre pronuncia otra bendición estableciendo que a través de esta mitzvá el niño forma parte de la alianza entre D-os y el pueblo judío: «Bendito eres Tú, Señor, nuestro D-os, Rey del universo, que nos santificaste con Tus preceptos y nos prescribiste hacer entrar a nuestros hijos en el Pacto de Abraham, nuestro patriarca», a lo que los asistentes responden: «Al igual que ha ingresado en el Pacto de Abraham, asimismo hazle llegar al estudio de la Torá, a la santidad del matrimonio y a una vida de buenas acciones».

Como sea su nombre, así será.

La ceremonia del Brit Milá es una ocasión de alegría en la que se festeja la llegada de un nuevo integrante a la familia, pero sobre todo, celebra la continuidad de la identidad judía transferida de padre a hijo, misma que se hace patente en el nombre hebreo del niño. Muchos padres dan a sus hijos un nombre “secular” para ser empleado en contextos no judíos y un nombre hebreo o idish para efectos religiosos y comunitarios. Dentro de la tradición se cree que el Meshiaj llamará a la resurrección con el nombre hebreo. Tradicionalmente, el nombre que se da al niño es una cuestión de gran importancia, pues existe la creencia en que este tendrá una influencia considerable en el desarrollo de su carácter; como señala la Torá: «kishmó, ken hú» –como su nombre, así es él– (Shmuel I, 25:25), indicando que el nombre de una persona puede definir su personalidad. Se considera que la costumbre ashkenazí de dar al niño el nombre de un familiar recientemente fallecido –en muchos casos, un abuelo o bisabuelo–, está basada en honrar la memoria del fallecido y que el niño llegue a emular en su vida las virtudes de esa persona. Asimismo, la costumbre de nombrar al niño igual que alguno de sus antepasados consanguíneos, lo identifica con la historia de su familia y, por extensión, de su pueblo; enfatiza la pertenencia del recién nacido a una larga cadena en la que, en ese momento, él se convierte en el último eslabón. La ceremonia del Brit Milá y el otorgarle un nombre al recién nacido simbolizan la transferencia de la identidad judía a través del nacimiento, de padre a hijo, de generación en generación.

Pidyion Haben.

En todas las culturas y en todos los tiempos, el varón primogénito siempre ha tenido un significado especial. En el judaísmo se les otorga un estatus particular, pues a través de ellos se asegura la simiente de la familia y del pueblo judío. El entusiasmo y la alegría del nacimiento de un primogénito se reflejan en la ceremonia especial del Pidyion Haben.

Antiguamente, los primogénitos eran consagrados al servicio divino, por lo que la ley establecía como derecho de nacimiento, que se les concediera una doble porción de las posesiones paternas. Asimismo, tenían una obligación religiosa particular: ayunar un día antes de Pesaj, en tanto, el Todopoderoso los santificó cuando aún eran esclavos en Egipto para que pudieran dedicar sus vidas al sacerdocio en el Tabernáculo y el Templo. Durante la décima plaga, murieron los primogénitos egipcios, pero los primogénitos del pueblo de Israel fueron salvos, por lo tanto, consagrados a D-os, quien ordenó a los israelitas, una vez que se encontraran en la tierra de Canán: «redimir a todo primogénito varón de entre sus hijos» (Éxodo, 13:13). Tras el episodio del becerro de oro, sólo la tribu de Levi probó ser digna del sacerdocio, por lo tanto y desde entonces, aquel padre que no pertenece a la tribu de Levi o que no tiene linaje sacerdotal (cohen), consagra a su primogénito (siempre y cuando la madre tampoco proceda de los linajes mencionados) al servicio a D-os. En Números 18:16, se establece que la redención debe realizarse a los 31 días de nacido el primogénito por un precio de cinco shekalim. Actualmente, el niño es redimido a un miembro del linaje de Aaron haCohen a los 30 días de edad, con el pago del equivalente a la cantidad mencionada –a través de monedas u objetos de valor–. A través del tiempo y de acuerdo con las tradiciones propias de cada comunidad, existen ciertas variaciones en la ceremonia. Los detalles relacionados con este ritual se hallan establecidos en el tratado Bejorot de la Mishná, así como en otras fuentes más tardías. Entre los aspectos importantes establecidos por la halajá, se considera que para realizar un Pidyion Haben, el primogénito debe haber “roto el útero” de la madre, por lo cual si anteriormente sufrió un aborto –pues este hecho hubiera abierto el útero antes del nacimiento–, o en el nacimiento del primogénito le fue practicada una cesárea –en tanto el útero se rompe de forma artificial– no se debe redimir al niño. Ahora bien, si la madre tuvo cesáreas en otros nacimientos, pero da a luz a un bebé varón de forma natural, éste debe ser redimido pues fue el primero en abrir naturalmente el útero. En el caso del Pydion Haben, la ceremonia se pospone si su fecha de realización coincide con Shabat o alguna festividad. La ceremonia de redención del primogénito es una mitzvá establecida en la halajá, su fundamento consiste en que al realizar el acto simbólico específico de la redención, el hombre reconoce que todo pertenece al Creador y que el hombre sólo posee aquello con que D-os desea bendecirlo.

Celebrando a las niñas.


Muy diferente a la ceremonia de los varones, es la tradición en el caso de las niñas. Las ceremonias para las hijas son relativamente nuevas, se llevan a cabo solo desde hace 30 años y no son practicadas por todas las familias. El hecho de que no exista una ceremonia para niñas similar al Brit Milá, se debe a que en diversas fuentes judías las mujeres son descritas como integrantes “completas” de la Alianza: si nacen de madre judía, nacen incluidas en el signo masculino del Pacto; algunas fuentes señalan al ciclo menstrual como su propio signo. No obstante, el nacimiento de niñas también se considera un evento digno de celebración, cuyas manifestaciones han variado a través de los años y las comunidades, dando lugar a tradiciones específicas. Las ceremonias de las niñas se conocen con diversos nombres, simjat bat, brit bat y, el más común para nosotros: zeved habat –regalo de una hija–, cuyo origen hace referencia a la matriarca Lea, quien tras el nacimiento de Zebulun afirmó: «Zevedani Elokim oti zeved tov» “Me ha hecho D-os un buen regalo” (Génesis, 30:20); este nombre empleado para las ceremonias de las niñas recién nacidas es de origen sefaradí. En la tradición ashkenazí se llevaba a cabo una ceremonia denominada holerkreisch –palabra de origen incierto–, en la cual niños de la familia y vecinos rodeaban el moisés especialmente adornado, lo levantaban tres veces preguntando en voz alta «¿cuál será tu nombre?». Después se recitaban pasajes de la Torá y se anunciaba públicamente el nombre de la bebé, ofreciendo pasteles y bebidas. Para mediados del siglo XVII esta práctica comenzó a desaparecer, conservándose solamente en pequeños shtetlaj y áreas rurales. A pesar de la desaparición del holerkreisch, los judíos de ascendencia ashkenazí conservaron una tradición perdurable hasta nuestros días, la cual consiste en que el padre asista a la sinagoga al servicio de shajarit del Shabat inmediato al nacimiento de la niña y reciba la aliya a la Torá. En el shul se pronuncia un Mishebaraj, plegaria de recuperación y salud para la madre y la bebé; el nombre de la niña se proclama públicamente, declamando las palabras Avi habat, “padre de la hija”. En algunas congregaciones, siguiendo el rito sefaradí, se interpretan canciones tradicionales para dar la bienvenida a la bebé basadas en poemas sefaradim de los siglos XIV y XV, conocidos como pizmonim. Igual que con los niños, hay familias que eligen dar a la niña el nombre de alguna parienta a quien deseen honrar.

La alegría de cumplir con los preceptos.

La celebración del Bar Mitzvá y la Bat Mitzvá no tienen fundamento en la Torá, los términos que, simplemente, significan “hijo e hija de los preceptos” respectivamente, marcan el momento en que se considera la mayoría de edad para cumplir con las mitzvot. De acuerdo con las fuentes judías, el niño(a) es un miembro completo de la comunidad judía, capaz de participar en todos los aspectos de sus expresiones vitales y religiosas, aun sin la celebración de una ceremonia específica que determine su mayoría de edad; es decir, la niña o el niño tienen la responsabilidad de cumplir con los preceptos se realice, o no, una celebración formal. El único requisito necesario, es que se tengan 12 años si es mujer, y 13 si es hombre. Debido a que los sabios no establecieron normas específicas para las ceremonias, excepto las bendiciones del padre, existen diversas variaciones de forma en el ritual. Los sabios coinciden en que la impor­tancia de este momento en la vida del niño, reside en el nuevo estado de su desarrollo físico, intelectual y moral; el niño ya no es sujeto de sus impulsos, sino que comienza a desarrollar una conciencia. Por lo tanto, la celebración del Bar Mitzvá o la Bat Mitzvá, reflejan sus nuevas capacidades y responsabilidades.


Bar Mitzvá

La celebración de la ceremonia de Bar Mitzvá es uno de los ritos más importantes en la vida de los varones judíos, empero, y significativamente, no es un precepto establecido en la Torá.

El desarrollo más bien tardío de la ceremonia del Bar Mitzvá, probablemente deriva de los cambios en las tradiciones relacionadas a las actividades rituales en que se permitía participar al niño, pues si bien en la Torá los 20 años se consideraban la mayoría de edad –cuando el joven ya podía participar en la guerra y pagar impuestos–, en la época talmúdica la edad se estableció a los 13 años, pues de acuerdo con el Talmud, los niños tenían permitido ejecutar actividades rituales, como colocarse los tefilin, si ya habían desarrollado la experiencia necesaria para hacerlo bien y si eran capaces de comprender el significado del ritual. Al respecto, explícitamente se señala en el Talmud: «si un menor sabe cómo envolverse en el talit, debe cumplir la obligación (…); si sabe cómo cuidar de los tefilin, su padre debe conseguir unos para él» (Sucá 42a); «Todos califican para estar entre los siete (que leen la Torá), incluso un menor» (Meguilat 23a).

Como reconocimiento al cambio de jerarquía religiosa del niño, el padre pronunciaba una bendición agradeciendo a D-os el relevarlo de la responsabilidad de hacer cumplir los preceptos a su hijo: «Rabi Eleazar ben Shimon dijo: “un hombre es responsable de su hijo hasta la edad de 13 años; después de eso él debe decir: ‘Bendito es Él quien me ha liberado de la responsabilidad de este niño’”» (Génesis Raba 63:10). La mención sobre la braja evidencia que la “mayoría” de edad para el cumplimiento de los preceptos era un momento de transición cuya importancia merecía ser, si no celebrada, por lo menos destacada de alguna forma, señalando también con ello la transición de la responsabilidad de padre a hijo.

Cabe destacar que debido a que esta bendición no está mencionada en el Talmud, sino en el Midrash, históricamente han existido discusiones acerca de su legitimidad halájica. No obstante, la distinción entre un menor y aquel que había obtenido su mayoría de edad, solo residía en que este último cumplía con los preceptos como una responsabilidad religiosa, mientras que el primero lo hacía de manera optativa; no tenía implicaciones de facto, pues la mayoría de edad no se distinguía con obligaciones adicionales ni privilegios, por ello, llegar a ella no se destacaba a través de ninguna ceremonia especial. Hasta finales de la Edad Media, alcanzar la mayoría de edad no suponía una fecha especial, era un día más en la vida de cualquier judío.



Parte del Minyan.

Precisamente, de la Edad Media proviene el registro de una de las primeras ceremonias para afirmar públicamente la edad del niño, pronunciando la braja antes citada, llamada Baruj Sheptarani, de la cual no existen mayores referencias si no hasta el siglo XIV, cuando Aaron ben Yaacov HaCohen de Provenza escribió: «Está escrito en Génesis Rabá (…) que aquél cuyo hijo alcanza la edad de 13 años debe decir la bendición (…). Hay quienes la dicen la primera vez que el niño recibe su aliya para leer la Torá». Entonces, se restringieron los derechos religiosos establecidos para un menor en el Talmud: si no tenía la mayoría de edad no podía ser llamado a la lectura de la Torá, ni usar talit o tefilin. Solo entonces, adquirió sentido el celebrar sus primeras muestras públicas en el cuidado de los preceptos.

Así, las primeras ceremonias formales de Bar Mitzvá se remontan al siglo XIV, en cuyas fuentes se menciona que se realizaban desde seis siglos atrás, de lo cual no se han encontrado evidencias adicionales. Para el siglo XVI, entre los judíos de Alemania y Polonia, la costumbre aceptada era que el niño no podía comenzar a usar tefilin antes del día de su cumpleaños número 13, costumbre que se modificó un siglo después al permitir que los niños comenzaran a usarlos dos o tres meses antes de convertirse en bnei mitzvá, a fin de que para el momento de su presentación pública ya estuvieran versados en la práctica y las reglas de su colocación.

En esa misma época surgió la tradición de que el ben mitzva subiera a la leer la Torá el Shabat siguiente a su cumpleaños, o el mismo día si coincidía. Para el siglo XVII, el comentador polaco y jurista Abraham Gumbiner, señaló: «Hoy día, la costumbre es decir la bendición en el momento en que el joven reza o lee en el primer Shabat (después de su 13º cumpleaños) para que sea del conocimiento público que es un Bar Mitzvá». Entonces, los niños leían la Torá y pronunciaban una drasha –discurso–, por lo general de enseñanzas talmúdicas; por la tarde, se llevaba a cabo una seudat mitzvá –banquete festivo–. En ese mismo siglo, los judíos de Worms, implementaron la costumbre de vestir al joven con ropa nueva especial para la ocasión. Asimismo, se adoptó la práctica de que el ben mitzvá recitara el total de la perashá que le correspondía. Y si bien la tradición de vestir especialmente al joven ha prevalecido, no ha sido igual con la porción de lectura, la cual ha variado dependiendo las regiones y las épocas. Actualmente, no existe uniformidad en la ceremonia. Por lo regular, el niño es llamado a la lectura después de “los siete” que leen la Torá en Shabat, para leer la última porción de la parasha –dividida en siete partes–, llamada maftir y la haftará (lectura de los profetas correspondiente a dicha parasha), o una combinación de ambas. Así, dependiendo del rito, pueden leer una porción de la parasha o la haftará, pronunciar las bendiciones que preceden y siguen la lectura de esta última, dirigir alguna parte del servicio o todo, y dar un dvar Torá es decir, ofrecer una interpretación de la parasha. Asimismo, existen variaciones en la tradición del uso del talit, pues en algunas comunidades el niño comienza a vestirlo el Shabat de su Bar Mitzvá, mientras que en otras sólo lo hace hasta el día de su boda.

Sin importar las variaciones, todas las ceremonias de Bar Mitzvá suponen la preparación previa del niño y todas coinciden en otorgar la mayor importancia a la colocación de los tefilin y la aliya a la Torá, acciones con las cuales el ben mitzvá afirma individual y públicamente su compromiso con sus tradiciones ancestrales y la responsabilidad de dar continuidad a los preceptos entregados al pueblo de Israel en el Monte Sinaí.

Celebrando También a las Niñas.


La tradición de celebrar Bat Mitzvá es relativamente nueva, pues aunque existen algunos registros más antiguos de ceremonias realizadas en Italia, Francia y Polonia, la práctica común se estableció hasta 1922.

De acuerdo con la halajá, la mayoría de las obligaciones religiosas de las mujeres se hallan limitadas, específicamente, a preceptos no relacionados con tiempo, es decir, que no deben ser realizados en un momento particular. Las actividades religiosas femeninas ocurren primordialmente en el ámbito de lo privado, en la realidad familiar, en vez de en lo público-comunitario como en el caso de los hombres. Debido a que las mujeres no requieren practicar preceptos de carácter público, abierto y visible como los hombres, una ceremonia de Bat Mitzvá no tenía mucho sentido.

A finales del siglo XIX, Joseph Jaim Eliyahu ben Moshe de Bagdad, Ben Ish Jai, escribió: «y también la hija, en el día que entra a la responsabilidad de los preceptos, aunque por lo regular no se realice para ella una seudá, no obstante ese día será de alegría. Ella usará ropas de Shabat y si se puede, ropa nueva y dirá la bendición de Shejeyanu y estará preparada para entrar al yugo de los mandamientos».

En algunas comunidades, se acostumbra que las niñas tengan una lectura de la Torá, por lo que la ceremonia se realiza en el servicio de shajarit en Shabat. En otras comunidades, se realizan ceremonias u otros eventos festivos para marcar este día, pero fuera de la sinagoga; e incluso hay quienes no lo festejan como una ocasión religiosa particular.

En general, la preparación de las niñas para la celebración de esta ocasión, involucra que aprendan las mitzvot que deben cumplir como mujeres, así como bendiciones, rituales y tefilot en hebreo. La preparación de las niñas consiste en que adquieran los conocimientos para convertirse en mujeres respetuosas de su legado judaico, pero sobre todo, para que en el futuro puedan ser esposas y madres que construyan sólidos hogares judíos.

Tefilin.

Un aspecto sumamente importante de convertirse en un ben mitzvá, es la colocación de los tefilin, a partir de ella, el joven puede ser contado como un miembro del minyan: un miembro completo de la comunidad. Desde ese momento, en términos de su jerarquía dentro de los rituales, no hay diferencia entre este joven de 13 años y los adultos; y si bien es cierto que de acuerdo con la halajá a esta edad el niño no es visto aún como responsable en otras áreas –como la vida comercial–, en el ámbito ritual se le considera apto para llevar a cabo las prácticas judaicas en su totalidad.

Durante la época talmúdica los tefilin se usaban todo el día y no tenían una asociación especial con las plegarias. Se cree que el abandono de esta costumbre se debió al hecho de que muchos judíos no los vestían cuando no se sentían lo suficientemente puros para usarlos, por lo que comenzaron a emplearse solo en el servicio religioso de la mañana.

Los tefilin, que deben ser completamente negros y formar cubos perfectos, cuyo nombre es batim –casas–, contienen en su interior, escritos a mano por un sofer –escriba–, cuatro pasajes de la Torá: Éxodo 13:1-10, Éxodo 13:11-16, Deuteronomio 6:4-9 y Deuteronomio 11:12-21. Muchos comentaristas, entre ellos Shmuel ben Meir, el Rashbam, sostienen que el simple significado de estos pasajes es que las palabras de la Torá deben estar de manera constante en la mente y el espíritu, como en los versículos: «Ponme cual sello sobre tu corazón, como un sello en tu brazo» (Cantar de los Cantares 8:6) y «La piedad y la lealtad no te abandonen; átalas a tu cuello, escríbelas en la tablilla de tu corazón» (Proverbios 3:3).

En la tradición rabínica se emplea la expresión tefilin shel yad, de la “mano”, para referirse a la filacteria del brazo, la cual contiene las cuatro secciones en una sola pieza delgada de pergamino. En el tefilin shel rosh, de la cabeza, la bait –casa– posee cuatro compartimentos separados, uno para cada pasaje.

Una interpretación refiere que los pasajes de la bait de la cabeza se hallan separados y los de la mano juntos en solo pergamino, para simbolizar que si bien pueden existir diferencias de opinión, la práctica del judaísmo es uniforme.

Las tiras de piel negras se insertan en la bait de la cabeza acomodadas de manera que formen un nudo con la figura de la letra dalet, el cual se posiciona en la parte posterior del cuello. La tira del brazo forma otro nudo, cuya figura corresponde a la letra yud. La letra shin se halla grabada sobre la piel del tefilin de la cabeza. Así, los tefilin contienen las letras shin, dalet y yud, que forman la palabra Sha-dai, uno de los nombres Divinos. En algunos tefilin se usa la letra mem en vez de la dalet, formando la palabra Shmi, “Mi Nombre”.

Existen bendiciones especiales para la colocación de las dos filacterias. La tradición rabínica señala que los tefilin deben usarse en el brazo más débil, tal vez para simbolizar que el lado más flaco de la naturaleza humana requiere ser fortalecido a través de la observación de los preceptos; por ello, alguien zurdo los usará en su brazo derecho. El nudo se aprieta y la tira de piel se envuelve siete veces alrededor del brazo, enrollándose tres veces alrededor del dedo medio mientras se recitan versículos del libro del profeta Oshea (1:21-22).

El cubo del brazo debe colocarse apuntando en dirección al corazón, así, con el otro en la cabeza, simbolizan que en el servicio de D-os se debe usar la mente, el corazón y las manos.

Los tefilin no se usan en Shabat ni en las fiestas debido a que estos últimos son descritos como “signos”, igual que los tefilin, por lo que cuando los otros “signos” se hallan presentes no hay necesidad de vestir los tefilin.

La Torá menciona tres mitzvot descritas con la palabra ot –signo–: Brit Milá, Shabat y Tefilin (el arco iris también es señalado como ot, pero no existe una mitzvá asociada a él).

Asimismo, la Torá refiere a los tefilin como zikaron –recuerdo– (Éxodo 13:9) y como totafot (Éxodo 13:16, Deuteronomio), palabra a la que generalmente se ha dado el significado de “símbolo”. En dos versículos de Éxodo 13, se dice que los tefilin son un recordatorio de la salida de Egipto; en los pasajes de Deuteronomio (6:8, 11:18), parece referirse a ellos como recordatorio de la Ley de la Torá. De esta forma, el pacto entre Israel y el Todopoderoso en el Monte Sinaí tiene un signo que se usa diariamente en el brazo y la cabeza para recordar a su portador todas sus obligaciones descritas en el resto de la Torá. No obstante, a pesar de simbolizar un signo del Pacto, no son llamados Ot Brit. Esto se debe a que el Pacto en el Sinaí no representó una nueva relación entre D-os y el pueblo judío, sino otra faceta en el desarrollo de la que ya existía. Esto es, tras la revelación en el Monte Sinaí, la circuncisión se mantuvo como el signo de identificación del lazo particular entre D-os y el pueblo judío. Sin embargo, debido a que la naturaleza del lazo fue alterada con la entrega de la Torá, se introdujo un nuevo signo para marcar la amplitud de lo que esa Alianza significa e implica, y esto es lo que representa el signo de los tefilin.

Por lo anterior, la colocación de los tefilin es uno de los aspectos centrales del Bar Mitzvá, su centralidad simbólica corresponde en gran medida a la idea de que cumplir con su colocación representa para el individuo –mente, cuerpo, corazón– su compromiso con sus tradiciones ancestrales. De este modo, integra a sí mismo los textos centrales para su pueblo, en su cabeza y cerca de su corazón: el niño ahora está atado a la comunidad, a sus creencias y valores... a su pasado y a su futuro.

Matrimonio.

En el judaísmo, desde el momento en que nacemos estamos destinados al matrimonio: lejupá ulema’azim tovim –para la jupá y las buenas acciones–, decimos cuando se nombra a un recién nacido. Por ello, el matrimonio es un suceso de gran alegría que representa la concreción de un objetivo y el recibimiento de una bendición Divina.

La unión básica creada por D-os es hombre y mujer, una sola carne; en el matrimonio, la pareja se completa y se complementa, vuelve a su estado natural, a ese triángulo compuesto por dos seres humanos y su Creador, el cual, naturalmente, se halla santificado por el Todopoderoso.



El matrimonio no forma parte de un código legal, es la consolidación de un amor que busca santidad, la perpetuación de sus raíces… trascendencia, al mismo tiempo que constituye un elemento básico del orden social natural. Así, la boda judía representa la entrada formal de los contrayentes al mundo en comunidad, al ámbito de la preservación del pueblo judío, cuyo futuro depende de cada unión matrimonial.

La importancia del matrimonio judío reposa en cómo la pareja percibe su vínculo, en el amor que se demuestra y en la forma en que los valores judíos se expresan cotidianamente en el hogar, cuya construcción debe cimentarse en el cuidado de su fe y sus raíces, de sus tradiciones y costumbres, y de su pertenencia a una comunidad que forma parte del pueblo judío: Harei at mekudeshet li(…) bedat Moshé veIsrael –Por este medio eres santificada a mí(…) de acuerdo con la Ley de Moisés e Israel–.

La boda constituye un jubiloso acontecimiento del ciclo de vida judía, cuya celebración es motivo de inmensa alegría para familiares, amigos, comunidad y para el pueblo de Israel en su totalidad.

Rituales y costumbres.

Tnaim.

El término tnaim, literalmente, significa “condiciones”, y se emplea para definir la ceremonia de compromiso. Esta costumbre de origen ashkenazí, consistía en la reunión de las familias de los contrayentes para firmar el acuerdo referido a la dote y la fecha de la boda, y anunciar públicamente el compromiso.

La ceremonia de Tnaim representa el inicio formal de la temporada de la boda, a partir del cual ella es considerada Hakalá –la novia– y él Hajatán –el novio–.

El rompimiento de un plato de cerámica al final de la ceremonia, simboliza que aun en medio de la alegría tenemos presente la destrucción del Beth Hamikdash. Se acostumbra que las jóvenes solteras asistentes a la ceremonia conserven un trozo del plato roto para que también ellas celebren pronto su propia boda.

Tish.

La recepción del novio es denominada en idish Tish, pues se lleva a cabo alrededor de una mesa en la que toman lugar el padre del novio, el padre de la novia, rabinos, e invitados masculinos.

El principal objetivo del Tish, es la legitimación de la Ketubá –contrato matrimonial–, que es cuidadosamente revisada por el rabino para constatar que todos los detalles sean correctos.

Entonces, el novio acepta formalmente todas las obligaciones a las cuales se compromete en la Ketubá. El rabino le da una prenda pequeña, como un pañuelo, y el novio, ante dos testigos, lo toma y lo levanta en señal de consentimiento.

Para finalizar, este procedimiento, llamado kinyan, el rabino agrega al final de la Ketubá la palabra aramea vekanina, y los testigos firman.

Oifruf.

La ceremonia de Oifruf consiste en que el novio “suba” a leer la Torá el Shabat anterior a su boda.
Este es un suceso festivo en el que familiares y amigos felicitan al novio y en ocasiones le arrojan dulces, simbolizando sus deseos de un futuro dulce en pareja.

Mikve.

Tradicionalmente, la novia realiza su primera visita a la Mikvé –baño ritual– un día antes de la boda. Entrar a la Mikvé, simboliza un momento íntimo de transformación que muchas novias comparten con familiares y amigas, por lo que es un acontecimiento muy emotivo y alegre.

Estar preparada para entrar a la Mikvé, no sólo implica estar completamente limpia físicamente, todo el cuerpo, cabello, uñas, oídos, dientes, nada de maquillaje… sino también, sentirse espiritualmente preparada para la inmersión. La novia se sumerge en el agua de la Mikvé y pronuncia la brajá correspondiente.

Muchas novias acostumbran rociar a sus familiares y amigas solteras con agua de la Mikvé, para que también ellas pronto celebren su propia boda.

Badeken.

La ceremonia del velo, conocida como badeken, es quizá una de las costumbres más antiguas. En algunas comunidades se acostumbra que sea el novio quien cubre el rostro de la novia, en otras que lo haga un rabino.

El velo simboliza la modestia que debe adoptar la novia al elevarse al estado de casada. Asimismo, también representa que el interés del novio no se centra en la belleza física, sino en las cualidades internas de la novia, en su espiritualidad.

La ceremonia del velo tiene como objetivo verificar que, efectivamente, la novia sea aquella con quien se comprometió el novio.

Jupá.

La Jupá –dosel matrimonial–, bajo la cual se lleva a cabo la ceremonia de matrimonio, generalmente está constituida por un techo cuadrado de tela y cuatro palos como sostén. Simboliza el nuevo hogar donde el novio llevará a la novia, por ello, el novio arriba a ella antes que la novia, así como una vez que ambos se encuentran bajo la jupá, la novia a la derecha del novio, junto con los padres de ambos, representa la proclamación pública de que a partir de ese momento, están unidos como marido y mujer.

El Talmud señala que la Jupá, igual que la tienda Abraham Avinu, está abierta por sus cuatro lados para que el hogar recién formado se halle siempre abierto a cualquier visitante que llegue de cualquier dirección.

Erusín.

La ceremonia de matrimonio incluye dos partes, la primera es denominada Erusin –compromiso– que da inicio cuando los contrayentes se encuentran bajo la Jupá. La ceremonia está conformada por dos brajot –bendiciones– pronunciadas por el rabino oficiante: Boré pri haguefen –bendición del vino–, y Baruj Atá Hashem, mekadesh amó Israel al yedei jupá vekidushin –“Bendito eres Tú, Señor, que santificaste a Tu pueblo con la jupá y los ritos sagrados del matrimonio”–.

Esta bendición, enuncia claramente que el matrimonio no es un asunto privado, sino que es un evento que involucra a toda la comunidad, pues a través de él es santificado el pueblo de Israel, y se manifiesta su capacidad de supervivencia.

Tras esta brajá, el novio bebe de la copa de vino, luego la novia, simbolizando el compromiso de compartir sus vidas a partir de ese momento.

Anillos.

Tras la segunda bendición de Erusin, se lleva a cabo la ceremonia de los anillos, el acto que formaliza el matrimonio. El novio coloca el anillo en el dedo índice de la mano derecha de la novia y pronuncia: Harei at mekudeshet li betavat zo kedat Moshe VeIsrael –“Por medio de este anillo tú estás consagrada a mí de acuerdo con la Ley de Moisés e Israel”–. Una vez más, se reafirma la trascendencia comunitaria del matrimonio, tema central durante toda la ceremonia.

El anillo debe ser sencillo, de preferencia un aro simple sin ningún grabado o inscripción, pues la circunferencia y solidez del anillo simbolizan la perdurabilidad de la unión matrimonial; sin embargo, el anillo debe tener algún valor, pues representa un regalo valioso que el novio da a la novia.

Ketuvá.

Después de la ceremonia del anillo, se lee públicamente la Ketuvá –contrato matrimonial–, marcando con ello la separación de los segmentos que conforman la ceremonia.

La Ketuvá, escrita en arameo, contiene las obligaciones que el hombre se compromete a cumplir: proteger, dar sustento, techo y vestido, así como satisfacción sexual a su mujer.

El objetivo principal de la Ketuvá es que el hombre no se divorcie contra la voluntad de la mujer, por ello tras la lectura, el rabino oficiante entrega la Ketuvá a la novia.

Nisuin.

La segunda de las dos partes de la ceremonia de matrimonio es denominada Nisuin –matrimonio– y se realiza después de la lectura de la Ketuvá.

Tras la lectura de las Shiva Berajot –siete bendiciones– los novios de nuevo beben de la copa de vino. Las bendiciones –exceptuando la última– enfatizan en el tema de la creación. Rashi, explica que la segunda brajá es en honor de todos los reunidos en la ceremonia; la tercera, es en honor a la creación de Adam; las tres siguientes son específicamente para la pareja; y la última es en honor de todo el pueblo judío.

Copa.

El último elemento de la ceremonia, es el rompimiento de la copa. Tradicionalmente se acostumbraba que el novio fuera quien rompía la copa, pero hoy, existen bodas donde ambos contrayentes lo hacen.

Una vez más el recuerdo de la destrucción de los Batei Hamikdash es expresado en una ocasión de gran alegría, con el rompimiento de la copa.

Algunas opiniones explican que la copa simboliza a la pareja, la cual al romperse entra a un estado irreversible, es decir, representa la esperanza en que la pareja no cambié ese estado de unión matrimonial.

Seudat Mitzvá-Banquete.

El banquete festivo es una seudat mitzvá, es decir, una comida festiva que es parte de la ceremonia matrimonial, por lo que participar en ella es una mitzvá.

Ocasión sumamente festiva, provocar alegría y regocijo a los novios es considerado un acto de jesed –bondad, amor hacia los demás–; el Talmud señala que esta acción es como llevar una ofrenda al Templo de Jerusalem.

En algunas bodas, tras el banquete festivo se vuelven a recitar las Shiva Berajot, bendiciendo con ello, una vez más, la creación Divina y por su puesto a la pareja que ya constituye una familia más del pueblo de Israel.

Divorcio.

La ley judía exige un Guet –acta de divorcio– para dar por terminada la relación entre una pareja casada.


Aunque las autoridades rabínicas aceptan que hay matrimonios que deben terminar, enfatizan en la necesidad de realizar todos los esfuerzos posibles en la búsqueda de reconciliación antes de llegar al divorcio, pues como afirmaba Rabi Eleazar: “Aquel que se divorcia de su esposa, hasta el mismo altar llora por él” (Gittin 90b).

El guet es el acta de divorcio que el esposo concede a la esposa a fin de disolver el matrimonio; no es solo el registro de la disolución del matrimonio, sino la forma misma de dar por terminada la unión matrimonial.

Existen numerosas normas relacionadas con el guet, como que debe estar escrito para cada pareja en particular y con sus nombres perfectamente escritos. El procedimiento universal consiste en que esté escrito en arameo –igual que la ketuvá–.

Una vez que todo intento de reconciliación ha fracasado y la pareja ha decidido divorciarse, deben establecer una cita con el Bet Hadin, la corte rabínica, versada en las leyes de guitín –divorcio judío–.

Para hacer efectivo el guet, debe estar presente un sofer –escriba– y dos testigos. Una vez que el marido entrega el guet a la mujer, el Bet Hadin realiza algunos cortes en el documento para que este no pueda ser utilizado nuevamente. El documento es archivado, entregando al hombre y a la mujer un certificado de divorcio conocido como Ptor.

Muerte y Duelo.

El judaísmo nos alienta tanto a reconocer nuestra mortalidad como la santidad e importancia de la vida terrenal, de ahí que la muerte sea vista como un suceso inevitable, pero también como una tragedia.



Muerte y duelo son en el judaísmo dos temas de suma importancia rodeados de rituales, tradiciones y costumbres muy significativas.

Existe una serie de regulaciones referidas a los rituales del entierro y el duelo cuyos orígenes se hallan en el folclor popular, pero en tanto se hallan registradas en el Shuljan Aruj, se consideran leyes que son observadas de manera escrupulosa.

Etapas de Duelo.

Miles de años antes de que la psicología moderna descubriera la importancia del duelo, los sabios del Talmud ya habían establecido una serie de etapas para lidiar con la pérdida de un ser querido.

Existen algunas etapas básicas del ciclo de duelo judío, cada una tiene un lapso específico y un conjunto de prácticas que ayudan al deudo en el proceso del duelo.

Cabe señalar que la definición temporal de estas etapas puede o no coincidir con las emociones del doliente, pues la experiencia del luto es individual y cada persona pasa por sus propios procesos de manera diferente, tanto en forma como en tiempo.

De acuerdo con la tradición judía los rituales del duelo deben observarse cuando fallecen: padre, madre, hermanos, hijos y cónyuges. Se puede elegir observar algunos de los rituales por otros parientes como abuelos, tíos o sobrinos, pero estos no son obligatorios. Por ejemplo, algunas familias acostumbran respetar la restricción de no rasurarse durante la shive, en caso del fallecimiento de alguno de los abuelos.

Aninut.

La etapa de aninut comienza en el momento del fallecimiento. Los sabios instruyeron en “no consolar al doliente durante el tiempo en que el fallecido yace (sin enterrar) ante él”. En este momento el dolor es demasiado intenso para cualquier intento de consolación, por ello no se considera apropiado tratar de confortar al onen –deudo en la etapa de aninut–. La aninut es un momento para, simplemente, estar con los dolientes; es un momento de silencio, no de palabras.

En la tradición ashkenazí, es en esta etapa que se lleva a cabo la kriá, el desgarramiento de la ropa de los deudos, como símbolo de profunda pena, dolor e incluso, enojo.

La etapa de aninut representa la reacción humana espontánea y natural ante la muerte. A pesar de que la halajá expresa fe absoluta en la vida eterna, en la inmortalidad y en la existencia continua trascendental para todo ser humano, también comprende el miedo y la confusión cuando nos confrontamos con la muerte. Por ello, tolera las dudas, el pensamiento tortuoso, iracundo e irracional que surgen ante el fallecimiento de un ser amado, liberando al deudo, momentáneamente, de la observancia de las mitzvot: “Aquel cuyo pariente yace frente a él, está exento de la pronunciación del Shemá y del rezo y de tefilín y de todos los preceptos de la Torá” (Berajot 17b). Lo anterior se explica en tanto nuestro compromiso con el Todopoderoso está basado en la conciencia de la dignidad y santidad humana. Cuando un ser querido fallece, el estado de perplejidad y desesperación del individuo, lo lleva a cuestionar si, efectivamente, existe esa cualidad y la capacidad de elección en el ser humano, lo cual hace que el compromiso expire.

Pero además de lo anterior, la etapa de aninut permite que los dolientes se concentren en el precepto de kavod hamet –honrar al fallecido– a través de la realización de todos los rituales para llevarlo dignamente a su última morada; razón por la cual también se les exenta del cumplimiento de las mitzvot.

Esta primera etapa termina en el momento en que el feretro se halla totalmente cubierto de tierra y se pronuncia el Kadish.

Avelut.

La halajá, que permite al doliente sumergirse en la desesperación durante la etapa de aninut, mostrando así tolerancia hacia las reacciones naturales del ser humano, tras el entierro solicita el paso a la etapa de la avelut, la cual comienza con la pronunciación de Kadish.

Una vez que comienza la avelut, familiares y amigos pueden dar el pésame de manera formal a los deudos.

Al entrar en la avelut, la halajá ordena al doliente asumir una tarea heroica: comenzar a recoger los pedazos de su personalidad rota y reestablecerse como ser humano, restaurando su dignidad. Con esto la halajá enfatiza la idea de que la muerte no debe confundir al hombre, quien no debe sumergirse en la oscuridad total ante ella, sino por el contrario: la muerte le brinda la oportunidad de expresar grandeza y de actuar heroicamente: construye aunque sabe que tal vez no vivirá para disfrutar del magnífico edificio a cuya construcción está dedicado; siembra aunque no espere comer del fruto; explora, desarrolla, enriquece, no para sí mismo, sino para generaciones venideras. De esta manera, la muerte enseña al hombre a trascender su ser físico individual y a identificarse con la comunidad intemporal. La muerte, advierte la halajá al doliente, enfatiza el rol del hombre como ser histórico y sensibiliza su conciencia moral.

El punto en el cual la aninut se transforma en avelut, la desesperación en tristeza racionalizada y la autonegación en autoafirmación, se encuentra en la pronunciación del Kadish ante la tumba.

¿Cuál es la relación entre la proclamación de esta solemne expresión litúrgica de alabanza a D-os y el entierro? A través del Kadish desafiamos a la muerte, aceptando la voluntad del Todopoderoso.

Shive.

Una vez que los avelim –dolientes en la etapa de avelut– salen del panteón, la etapa de avelut prosigue con la shive que se prolonga hasta la mañana del séptimo día, de ahí el término shive, de la palabra siete en hebreo: sheva. La característica distintiva de la shive es que los dolientes interrumpen las rutinas de la vida cotidiana para concentrarse exclusivamente en la memoria del fallecido y recibir consuelo de la familia, amigos y comunidad.

Tradicionalmente, la shive se lleva a cabo en el hogar del fallecido o en casa del doliente principal. De ser posible, los dolientes deben pasar los siete días, juntos en la casa de la shive, durmiendo bajo el mismo techo.

Del mismo modo en que la shive transforma la rutina de los deudos, también cambia el uso y la manera en que se ve el espacio de la casa. Sentarse a nivel más bajo del acostumbrado o en cojines sobre el piso, es un signo externo que denota el abatimiento por el dolor intenso, así como representa humildad ante los acontecimientos que nos rebasan (los visitantes se sientan en sillas y sillones).

La práctica de cubrir los espejos, si bien relacionada con antiguas creencias populares acerca de los espíritus, en el judaísmo responde a desalentar la vanidad en estos días de duelo y fomentar la reflexión interior. Cubrir los espejos es una impactante señal visual de la perturbación en el ánimo y del dolor que imperan en la casa. También hay quienes acostumbran cubrir pinturas y fotografías.

Cuando es posible, las puertas se dejan abiertas para que los visitantes entren sin necesidad de tocar, lo cual distrae a los avelim y podría hacerlos actuar como anfitriones.

Algunos objetos comunes en la shive, que no lo son en la vida cotidiana de la casa, incluyen una veladora de recordación para los siete días, sidurim –libros de rezo–, kipot y en ocasiones sillas adicionales para la realización de los servicios religiosos.

La veladora es llamada ner daluk –luz encendida– y como las velas en general, simboliza el destello divino que habita en el cuerpo, como señala la Torá: “Lámpara de D-os, es el alma del hombre” (Proverbios 20:27). La veladora se coloca en un lugar prominente de la casa y se enciende sin pronunciar bendición.

Durante la shive, los dolientes se abstienen de:

• Vestir zapatos de piel –un símbolo ancestral de lujo–. Vestir pantuflas de tela, calcetines o estar descalzo es un símbolo de humildad ante una pérdida.
• Rasurarse o cortar su cabello; tampoco deben bañarse por placer ni vestir ropa nueva.
• Sostener relaciones íntimas.
• Escuchar música o atender a cualquier forma de entretenimiento o distracción lúdica.
• Trabajar o manejar negocios.

Los dolientes tampoco deben estudiar Torá, pues se considera una fuente de gran deleite, como cita en sus páginas: “las leyes de D-os son rectas y regocijan al corazón”. No obstante, los avelim pueden leer las leyes del duelo y estudiar textos sobre conducta ética y otras secciones de la Torá cuya naturaleza es seria y solemne.

La primera comida que los deudos realizan en la casa de shive tras el entierro es conocida como seudat havra’a o banquete de consolación, en la cual tradicionalmente se les ofrece pan y huevos duros, cuya forma ovoide simboliza el ciclo de la vida. En la tradición sefaradí se acostumbra servir lentejas también debido a su forma circular.

Los siete días de la shive, los dolientes reciben a familiares, amigos y miembros de la comunidad que acuden a brindar sus condolencias, cumpliendo así con la mitzvá de nijum avelim –consolar a los dolientes–, así como participando del minian para llevar a cabo alguno o los tres servicios religiosos del día a fin de que los avelim sean parte de los rezos en comunidad y reciten Kadish. Si no es posible reunir un minian, los dolientes deben asistir a un shul para cumplir con los servicios.

Consolar a los deudos es una gran mitzva que, debido a su naturaleza, tiene sus propias formalidades, como por ejemplo entrar a la casa en silencio, hablar de la vida y acciones del fallecido o, simplemente, permanecer en silencio si los dolientes no desean hablar y dar tzdaká en memoria de quien murió.

Es importante señalar que toda demostración pública de duelo se suspende durante Shabat o las festividades, aunque los días se cuentan como parte de la shive. En estos casos, los dolientes pueden asearse y cambiarse de ropa para asistir a los servicios religiosos en el shul y pronunciar Kadish.

La shive finaliza en la mañana del séptimo día, inmediatamente después del servicio religioso de shajarit. Se acostumbra “levantar” a los dolientes, quienes se cambian la ropa rasgada y dan una vuelta a la manzana, lo cual simboliza el retorno de la familia a la vida social cotidiana tras el intenso periodo de duelo.

Shloishim.

Si bien una vez finalizada la shive, los avelim retoman sus rutinas cotidianas, algunas restricciones se mantienen durante un periodo de 30 días, contados a partir del día del entierro. Este periodo se conoce como shloishim, del hebreo shloshim que significa treinta.

Durante este periodo los dolientes no deben comprar o vestir ropa nueva; cortarse el cabello, escuchar música ni participar en eventos festivos como bodas (en caso de eventos familiares, se debe consultar a una autoridad rabínica competente).

Aunque todavía están de luto, durante los shloishim los deudos pueden comenzar a reintegrarse gradualmente a la vida cotidiana. Terminar la shive y regresar a la rutina de manera abrupta no sería sano para ellos, todavía están en duelo y a pesar de que la intensidad del dolor ha disminuido, aún pasarán por momentos de profunda tristeza y añoranza, por ello las restricciones que se mantienen sirven para recordarles –y recordar a las personas a su alrededor– que continuan viviendo un proceso que, ciertamente, aún no termina.

Los shloishim terminan formalmente tras el servicio religioso de shajarit del 30º día. A menos que se esté en duelo por alguno de los padres, el periodo de duelo termina formalmente este día, ya no se debe pronunciar Kadish y se pueden retomar todas las actividades sin restricciones.

¿Por qué 30 días? El calendario judío está marcado por el ciclo lunar; del mismo modo en que la luna crece y decrece a lo largo de un ciclo, el periodo de duelo de 30 días es una oportunidad para completar un círculo emocional. El proceso comienza con el funeral y los primeros días de la shive, cuando no se puede ver ni un rayo de luz. Conforme pasa el tiempo, la luz poco a poco regresa. Los 30 días representan un ciclo fundamental: un tiempo para renovarse y aceptar una nueva realidad.

Por supuesto, los deudos aún sienten el dolor de la pérdida, pero el judaísmo reconoce, hasta cierto grado, que el paso del tiempo aminora y cura el dolor. Ser capaz de regresar a la vida cotidiana libremente ayuda a esta sanación. La shive fue el peor periodo, los shloishim son muy difíciles, es una etapa dura, pero con el tiempo el doliente se sentirá mejor.

Shaná.

Para los hijos que están en duelo por sus padres, el periodo de shloishim se extiende a un año, en el cual los deudos deben abstenerse de las acciones arriba mencionadas, exceptuando el corte de cabello, que a partir de los treinta días, la ley permite en caso de “reproche social”; ante una crítica por el aspecto del cabello, el deudo puede llevar a cabo esta acción.

¿Por qué en caso del fallecimiento de los padres existe este periodo adicional de luto?
Psicológica y espiritualmente, nuestra conexión con los padres es la relación esencial que nos define como personas. Por ello, el fallecimiento de un padre requiere de un periodo más largo de adaptación.

Los padres también representan valores e ideales, son nuestros representantes de D-os en este mundo y tratan de ofrecer a sus hijos, sus propias herramientas para la vida. Este periodo extendido de duelo reconoce que la pérdida de una relación de este tipo tiene ramificaciones espirituales profundas.

Tras el periodo de shloishim la vida lentamente regresa a su normalidad. Una vez que el año ha pasado, ya no se considera al doliente como tal.

 
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