Esther Shabot - La Kehile

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Israel y Al Jazeera: Una decisión cuestionable
La medida de clausurar Al Jazeera de Jerusalén tiene más que ver con un intento del gobierno israelí de congraciarse con el bando hoy enemigo de Qatar.
El conflicto que sostienen Arabia Saudita, Egipto, los Emiratos Árabes y Baréin contra Qatar se ha trasladado, curiosamente, a Israel, país en el que se anunció esta semana la intención gubernamental de clausurar las oficinas de Al Jazeera en Jerusalén, bajo la acusación de fomentar incitación contra los intereses nacionales israelíes. El anuncio sorprende debido a que Al Jazeera ha funcionado en Israel desde 1996, año en que esa cadena noticiosa se fundó patrocinada por el gobierno qatarí. De hecho, a lo largo de todos estos años, Al Jazeera enfrentó duras críticas de parte de instancias árabes y musulmanas diversas, no sólo por transmitir desde Israel, sino también por el inusual hecho de invitar con frecuencia a comentaristas israelíes a polemizar y expresar sus puntos de vista con total libertad. En ese sentido, Al Jazeera ganó puntos al adquirir una reputación de ser un medio mucho más objetivo e imparcial en su cobertura que cualquier otra cadena árabe, mientras que Israel también se benefició al poder mostrar la vigencia de su respeto a la libertad de expresión, y de paso, hacer llegar su narrativa y sus puntos de vista a un público, por lo general, no expuesto a ellos.
¿Por qué entonces el súbito anuncio israelí de la intención de cerrar Al Jazeera de Jerusalén? El argumento de la incitación no se sostiene, ya que la cobertura actual de Al Jazeera respecto a Israel se ha mantenido más o menos en los mismos términos a lo largo de los 21 años que han transcurrido desde su inicio. Por otra parte, considerando que efectivamente el cierre se concretara, Al Jazeera transmite también desde Ramala y desde Gaza, lo cual significaría que sus emisiones y reportajes del conflicto palestino-israelí continuarían sin problemas, y con la desventaja para Israel de que las voces de sus ciudadanos y funcionarios públicos estarían ausentes en la presentación de las noticias, los debates y la discusión de las ideas.
Al parecer, la medida de clausurar Al Jazeera de Jerusalén —lo cual por cierto ofrece problemas legales de no fácil ni rápida solución— tiene más que ver con un intento del gobierno israelí, encabezado por Netanyahu, de congraciarse con el bando hoy enemigo de Qatar.  Especialmente hay interés en quedar bien con Arabia Saudita y Egipto —países con los que hoy por hoy existen intereses compartidos— luego de las fricciones recientes en torno a los incidentes violentos en la Explanada de las Mezquitas o Monte del Templo. De igual modo, puede suponerse que dada la situación personal del primer ministro Netanyahu, cada vez más acosado por las investigaciones policiales y de la fiscalía general en posesión ya de sólidas pruebas de actos de corrupción graves que lo acercan a la pérdida de su puesto, el tema de la acusación a Al Jazeera de incitación y su posible cierre sirven como distractores y como actos personales de gobierno tendientes a reforzar entre sus seguidores la percepción de que Netanyahu es un mandatario enérgico y capaz de tomar decisiones contra quienes, en el ámbito popular, son considerados parte del bando enemigo. Sólo que, como contraparte, una vez más se fortalecerá el difundido y bien sustentado señalamiento crítico de que Netanyahu y su actual gobierno han estado socavando sistemáticamente las bases del funcionamiento democrático de su país. En este caso, la libertad de expresión representada por 21 años de funcionamiento libre de Al Jazeera en Israel, sería una más de sus víctimas.  

 
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